I talk to you but it's not the same as touchin' you
And every time you whisper my name, I wanna to run to you.
Lo que me pasó con P. el año pasado es digno de escribir una novela. Aún me hace sentir mariposas en el estómago recordarlo, pero no mariposas de amor ni de alegría, sino de aquellas mariposas que sientes cuando algo te pone nerviosa, cuando te carcome la impotencia y luego, el sabor amargo típico de no poder hacer nada al respecto.
Fue una locura.
Conocí a P. por casualidad. Coincidimos en el mismo lugar, a la misma hora y sólo estábamos él y yo. Después de conversar un poco nos dimos los números de teléfonos y al cabo de dos o tres días comenzamos a hablar todos los días por teléfono, por whatsapp. Primero minutos, luego horas. A la semana, nos veíamos todas las noches por Skype, como si de una cita se tratase. Vivíamos a 10 minutos de distancia en coche, pero P. y yo trabajamos todo el día y él, particularmente, tenía una vida bastante complicada. Quizá la realidad es que nos convenía refugiarnos el uno con el otro en un momento nocturno, antes de dormir él solo y yo sola, pero.. sin mayor expectativa. Quizá por eso no nos veíamos tan seguido en persona. Se volvió un juego dependiente. Cada uno hacía su vida por el día y por las noches teníamos una cita de lo más divertida frente al ordenador, a veces con vino incluido. Pasábamos horas hablando y riendo. Luego pusimos límites... porque madrugar con 4 horas de sueño no era fácil.
Finalmente comenzamos a quedar los sábados por la noche y algún día en la semana antes de ir a dormir.
Comencé a convertirme en su paño de lágrimas. Él comenzó a ser mi almohada. P. tenía complicado hasta el apellido. Pocos meses antes se había divorciado, tenia un bebé muy pequeño que custodiaba de forma compartida y por quien iba a pelear sin descanso por poderlo custodiar exclusivamente. Además, como si fuera poco, aún no superaba haber fracasado en su matrimonio.
P. es muy romántico. Nos enviábamos canciones. Nos regalábamos CDs, detalles. Hacíamos tonterías de quinceañeros. Nos comenzamos a compenetrar tanto que ya no concebía mis noches sin sus buenas noches. Ya no quería compartir mis ratos con más nadie que no fuera él. El grado de intensidad de nuestra "pequeña" relación no era proporcional al tiempo que teníamos conociéndonos.
No nos conocíamos.
...Pero yo sentía que si me llamaba podía salir corriendo en bata y pantuflas donde estuviera. Realmente llegué a amar sus ojos verdes, su sonrisa de lado, sus manos suaves.
P. y yo no teníamos nada en común. No nos parecíamos. Su vida era muy distinta a la mía. Su cultura, sus costumbres, sus posibilidades, sus ingresos, sus ganas, su depresión, su dolor era distinto al mio... pero nos unía algo mayor. Nos unió una dulzura que nunca antes habíamos vivido.
P. tenía una lucha en su cabeza y la quería lograr. Yo estorbaba en sus propósitos y en su objetivo principal que era tener a su bebé con él.
Y a pesar de un día haberlo roto todo de golpe, a pesar de la rabia y la impotencia, lo extraño.
V.
Cap comentari:
Publica un comentari a l'entrada