Caro,
Ti voglio tanto bene,
Non ho nessuno al mondo
Più caro di te.
Tengo un catire catalán. D. es un rubio de cabellos largos y recogidos en una coleta de bucles suaves. Tiene los ojos más azules que he visto en mi vida y una sonrisa que hechiza. Al menos a mi me embrujó desde el primer día, cuando me habló con su perfecto catalán mirándome y desnudándome con los ojos. Hay personas que se cruzan en tu camino y parecen ángeles. Más de una vez, aún sin saberlo, ha salvado mi vida de precipicios de desesperación y miedo. No sé si es amor lo que siento por él. Mejor dicho: sí. Lo amo a mi manera, que no es cualquier manera. Lo amo cuando lo escucho contar sus vivencias, sus puntos de vista, sus miedos. Lo amo cuando me explica sus proyectos y lo veo cumplir sus objetivos con éxitos. Lo amo cuando lo veo triste, porque no puedo hacer nada más que amarlo para remediarlo y no lo consigo. Lo amo cuando se ríe de mis tonterías, cuando ronca y se ríe soñando. Admiro como supera sus dificultades y sigue adelante. Amo su sensibilidad, la afinidad que tiene para relacionarse con otras culturas, sus gestos de bondad cuando lo he necesitado y cuando no también. Me enloquecen sus besos, sus gemidos, sus dedos locos. Disfruto jugando con su cabello y sintiendo su nariz jugando con lo más íntimo de mi. Disfruto de él como de los buenos vinos, de su conversación, de sus consejos cuando me he visto entre la espada y la pared, de verlo mirar películas y quedarse enganchado mirando la pantalla como si fuera un niño. Lo siento tan cerca siempre que parece no haber distancia ni tiempo que me haga olvidar su olor. Han pasado casi cuatro años desde que lo conozco y aún siento mariposas en el estómago cuando aparece por la puerta o me escribe. Lo conozco tanto que creo poder adivinar incluso lo que lo separa de mi. No lo juzgo. No le pido más de lo que me quiere dar. Disfruto de la parte de él que me pertenece sin él saberlo y la cuido como un tesoro. Siento una conexión espiritual tan fuerte con él que a veces me parece verlo en el espejo mientras maquillo mis ojeras. A veces quiero superar todas mis dificultades, en gran parte, para que él se sienta orgulloso de mi. Siento paz y me relaja saberlo tranquilo y contento aunque no sea conmigo. Conozco sus jugadas. Sé por dónde va cuando me dice cosas. Sé cuándo siente miedo de resbalar y caer en la tentación de rozar mi boca. Sé medir mis acciones cuando quiero verlo, cuando quiero despertar su curiosidad. Sabría hasta cómo hacerle sentir mal. Por más camas que desordene no hay cama donde me sienta más diosa que en la suya, no hay cama cuyo rechinar me sea tan familiar y no hay sudor que me de más gusto saborear. Sé embriagar sus sentidos aún y en contra de su consciente voluntad. Le coqueteo por naturaleza; instintivamente. Lo deseo y sé cuándo me desea y cuándo no. Sé muy bien el efecto que le produce que moje mis labios. Le hablo desde el corazón y con el corazón. Lo miro con transparencia indefensa. Le hablo con voz de hija, de amiga, de amante, de hermana, de madre. Con él me siento esclava de mis deseos y presa de una línea que no puedo pasar. Me excita su ele catalana, sus gestos cuando quiere que lo haga pecar, su lengua dando vueltas con la mía, su barba en mi cuello.
Pero.. no me dio la oportunidad de hacerlo feliz. Prefirió agarrarse de algo más firme y tranquilo. No tuvo valor para enfrentar sus prejuicios, sus estereotipos y para retar a la vida con alguien quince años menor que él. No quiso esperar a que yo superara mis barreras.
El sentimiento que me une inexorablemente a D. es más fuerte que el sexo, más fuerte que una relación de pareja típica e incluso, para mi, más valioso que todo eso. Él sabe que me tendrá más allá de la muerte y yo sé que hay un espacio en su alma donde yo gobierno.
E.